¿Sabes por qué delito están presos la mayoría de los adolescentes en Ecuador?
En los últimos años, el Ecuador ha comenzado a enfrentar un fenómeno preocupante y poco discutido: el aumento de adolescentes involucrados en delitos de carácter sexual. Aunque hablar de este tema puede resultar incómodo, es imprescindible abordarlo con seriedad, responsabilidad y empatía. No solo porque está en juego la integridad de las víctimas, sino porque también hay una juventud que está creciendo sin las herramientas necesarias para comprender los límites, el consentimiento y el respeto en las relaciones humanas.
Muchos de los adolescentes que hoy enfrentan procesos penales por delitos sexuales no comprenden del todo la magnitud del daño que han causado. Y eso no los exime de responsabilidad, pero sí nos obliga a mirar más allá del acto cometido para entender las condiciones que lo hicieron posible.
La evidencia académica y los estudios sobre el desarrollo adolescente coinciden en algo fundamental: los jóvenes no nacen con conductas delictivas; estas se aprenden, se moldean y, muchas veces, se reproducen a partir de lo que viven en sus entornos.
Las causas detrás de este tipo de conductas son complejas y múltiples. Por un lado, está la profunda ausencia de educación sexual integral. Aún en muchas escuelas del país se evita hablar abiertamente sobre sexualidad, consentimiento, relaciones afectivas y límites personales. Los adolescentes terminan buscando respuestas en internet, en redes sociales o en la pornografía, donde las relaciones son muchas veces representadas de forma violenta, sin respeto ni consentimiento. Sin una guía adulta clara, estos contenidos pueden distorsionar gravemente la percepción que tienen sobre el sexo y el cuerpo del otro.
A esto se suman otros factores como el abandono familiar, la violencia en el hogar, el abuso sufrido durante la infancia y la falta de modelos positivos. Muchos adolescentes crecen sin espacios seguros para hablar de lo que sienten o viven. En ese vacío, la violencia puede parecer una forma de afirmación, de poder, o incluso de escape frente a una realidad de carencias emocionales y sociales.
El sistema judicial tiene la tarea de sancionar, pero también de reeducar. Un adolescente que ha cometido un delito sexual necesita enfrentar las consecuencias de sus actos, pero también necesita entender lo que hizo, por qué lo hizo y cómo evitar repetirlo. Esto solo es posible si se implementan programas integrales que incluyan acompañamiento psicológico, educación, trabajo con la familia y espacios de reflexión restaurativa. No basta con encerrar: hay que transformar.
Como sociedad, no podemos seguir actuando solo cuando el daño ya está hecho. La prevención es nuestra mejor herramienta. Necesitamos hablar más con los adolescentes y jovenes
Necesitamos capacitarnos como madres, padres, docentes y adultos responsables. Y, sobre todo, necesitamos dejar de ver la educación sexual como un tabú y empezar a verla como lo que realmente es: una estrategia para proteger, cuidar y formar a ciudadanos conscientes, empáticos y responsables.
La presencia creciente de adolescentes en conflictos con la ley por delitos sexuales no es solo una estadística preocupante. Es un espejo de lo que estamos dejando de hacer como sociedad. Y es también una oportunidad para corregir el rumbo, para intervenir a tiempo y para demostrar que sí es posible construir un país donde todos —niños, niñas y adolescentes— puedan crecer con dignidad, información y respeto mutuo.





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